Ansiedad y estrés

Son señales de que algo interno está en conflicto, aunque no siempre lo tengamos claro.

La ansiedad puede tomar distintas formas. A veces es una reacción lógica frente a un peligro real (por ejemplo, una situación de riesgo). Otras veces aparece como culpa o exigencia interna cuando sentimos que no estamos a la altura de lo que “deberíamos ser”. Y en muchos casos surge sin causa evidente.

El estrés, por su parte, suele sentirse cuando las demandas del día a día nos superan. Pero no es solo externo: lo que nos pasa por dentro —expectativas, miedos, exigencias— también influye en cuánto nos afecta.

Desde esta mirada, el problema no es solo “lo que pasa”, sino cómo lo procesa cada persona.

El trabajo terapéutico apunta a eso: entender qué hay detrás de la ansiedad o el malestar, identificar patrones que se repiten y darle un nuevo sentido a lo que hoy desborda. No se trata solo de aliviar síntomas en el momento, sino de generar cambios más estables en la forma de vivir y afrontar las situaciones.

Miedo al miedo

El ataque de pánico no aparece “de la nada”. Suele estar ligado a tensiones internas y vínculos que generan un nivel de ansiedad que el cuerpo termina expresando de forma intensa.

Este espacio es para identificar los conflictos personales, situaciones traumáticas, sentimientos de culpa, miedo a la pérdida, dificultades en los vínculos o una sensación de no tener control sobre la propia vida.

La crisis de pánico se vive como una ruptura de la confianza en uno mismo: en el propio cuerpo y en la capacidad de regular lo que pasa. No es solo lo que ocurre, sino cómo se interpreta internamente lo que potencia la angustia.

La propuesta terapéutica es busca reducir las fuentes de ansiedad y, al mismo tiempo, ayudar a la persona a recuperar el control. Esto se hace de manera gradual, entendiendo lo que le sucede y dándole herramientas para atravesarlo activamente.

Nicolas Wright

La Nueva Cyber-Terapia

Un paciente en terapia puede mejorar debido a una gran cantidad de factores. Solo una parte de la mejoría corresponde con la intervención del terapeuta. La familia, otros factores del contexto y diversos acontecimientos de la vida o variables culturales , contribuyen de manera muy significativa. 

Ejercer como terapeuta me brinda el raro privilegio de saber lo que la gente realmente piensa, siente y hace.

La práctica de la psicoterapia permite un estilo de vida en el cual el rol personal y el rol profesional  se complementan el uno con el otro. 

Probablemente uno  de los beneficios de ser terapeuta es lo que aprendemos a diario. Cada paciente nos trae algo nuevo, algo diverso. Sobre cultura, religión, salud. 

Hoy , y gracias a las redes, nuestra labor se ha expandido. Antes la consulta era semanal y presencial, hoy cambió para ser más flexible y remoto. Rompiendo el prejuicio de lo ortodoxo y brindando la mejor calidad psicoterapéutica posible gracias a la virtualidad, sin por eso deteriorar la práctica

Nicolás Wright
info@tuterapia.ar

Amores que matan

Los celos pueden aparecer en cualquier vínculo: pareja, familia o amistades. Pero cuando se vuelven intensos y persistentes, dejan de ser una emoción pasajera y pasan a condicionar la relación. En estos casos, el amor se confunde con posesión, y el vínculo empieza a girar alrededor del control.

Estar con alguien celoso no es simplemente “ser querido”, muchas veces implica tolerar exigencias, desconfianza y una sensación de vigilancia permanente. Lo que al principio puede parecer interés o cuidado, termina generando incomodidad y desgaste.

Detrás de los celos suele haber inseguridad y miedo a no ser suficiente. Esa anticipación de pérdida, genera ansiedad y empuja a intentar retener al otro mediante el control, la presión o la intimidación. Sin embargo, esas estrategias no fortalecen el vínculo, lo deterioran.

Trabajar sobre los celos no es eliminar la emoción, sino entender qué los sostienen. Cuando se abordan, es posible construir relaciones más libres, con confianza y sin necesidad de control.

Nicolas Wright

Listo para transformar lo que te detiene en tu mayor fortaleza?

La psicoterapia es un espacio concreto para entender qué te está pasando y empezar a cambiarlo. Trabajo con vos para identificar patrones que se repiten, ordenar lo que hoy te desborda y construir herramientas que te sirvan en tu día a día.

No se trata de “hablar por hablar”, sino de generar cambios reales: sentir más claridad, tomar mejores decisiones y vivir con menos carga.

Si venís postergando este paso, este puede ser un buen momento para empezar.

Escribime y coordinamos una primera consulta.


Perfil lateral de una mujer con un jersey de cuello alto de color rojizo y un bolso blanco. Mira hacia arriba con los ojos cerrados.

«Contribuir me hace sentir que soy útil al planeta.»

— Anna Wong, Voluntario

¿Qué es el inconsciente para Freud?

El “inconsciente” se usa mucho hoy, pero para Sigmund Freud no era una idea difusa ni mística. No hablaba de una “segunda mente” ni de una conexión universal entre personas. Se refería a algo más concreto: contenidos que quedan fuera de la conciencia porque fueron reprimidos.

Eso no significa que desaparezcan. Al contrario: siguen activos. Influyen en lo que sentimos, pensamos y hacemos, aunque no nos demos cuenta. Y mantenerlos fuera de la conciencia requiere un esfuerzo constante.

Freud diferenciaba esto de lo que hoy llamaríamos “tener algo en la punta de la lengua”: ideas que no están presentes en este momento, pero que pueden aparecer fácilmente. Eso no es inconsciente, es preconsciente.

Desde esta perspectiva, el inconsciente no es caótico, pero tampoco funciona como la lógica consciente. Puede sostener contradicciones, no sigue un orden claro en el tiempo y no distingue entre “seguro” o “dudoso” como lo hace la conciencia. Funciona con sus propias reglas.

En la práctica clínica, esto se trabaja a partir de lo que la persona dice sin filtro: asociaciones, sueños, olvidos, errores. Ahí se empiezan a ver patrones. No se trata de buscar “respuestas rápidas”, sino de entender cómo se fue armando el síntoma y qué está sosteniendo hoy.

Pensarlo así lo vuelve más útil: el inconsciente no es un concepto abstracto, sino algo que se manifiesta todo el tiempo en la vida cotidiana.

¿Porqué nos aterran nuestros sueños?

Nuestros sueños y fantasías pueden ser tan extraños y contrarios a nosotros que pueden resultar aterradores. No es algo que estemos dispuestos a admitir fácilmente ante los demás y en muchas ocasiones, ni siquiera los aceptamos ante nosotros mismos.

Pero negarlos es perder una oportunidad de saber un poco más de nosotros.

La adicción al trabajo

Vivimos en una cultura donde descansar genera culpa y producir parece valer más que sentir. Poco a poco, el trabajo deja de ser una parte de la vida parte de la vida para convertirse en el centro de todo: el tiempo libre, lo vínculos y hasta el propio bienestar queda relegado. Pasamos a funcionar de manera automática.

El éxito termia midiéndose por el rendimiento: cuanto hacés, cuanto logras. Y eso también se transmite. Los chicos crecen creyendo que su valor depende de cumplir, rendir y no detenerse nunca.

El problema aparece cuando el cuerpo se agota, la cabeza no descansa y sostener ese ritmo se vuelve imposible. Ahí emerge el burnout, el costo de vivir bajo una lógica que exige permanentemente y deja cada vez menos espacio para lo humano.

Depresión o tristeza

A quien sufre le cuesta investir. Vivir implica arriesgar, pero el sufriente siente que ya no puede poner en juego ni siquiera lo poco que tiene. Atemorizado comienza a desinvestir: retira la libido de los objetos, del entusiasmo, del interés. Los otros y la realidad empiezan a sentirse más como amenaza que como sostén. Entonces, la indiferencia aparece como defensa y termina convirtiéndose en escudo.

La tristeza es un afecto tan humano y fundamental como la alegría. Si en la alegría experimentamos una expansión vital, en la tristeza algo de esa vitalidad se retrae. Pero desdicha no necesariamente depresión; son experiencias distintas y no conviene confundirlas.

La depresión, en cambio, compromete la autoestima de un modo más profundo. Allí el Yo queda afectado, debilitado en su propio valor. Por eso, la autoestima suele ser uno de lo indicadores clínicos más importantes para diferenciarlas.

En los estados depresivos, la angustia puede volverse avasallante, incluso paralizante. Hay algo que insiste: una pérdida y la herida que deja como consecuencia. El trabajo del duelo queda detenido, sin lograr encontrar elaboración.

Si este malestar empieza a afectar el vínculo con uno mismo, con los otros o la propia vida cotidiana, pedir ayuda puede convertirse en un movimiento importante. La consulta psicoterapéutica ofrece un espacio para poner en palabras aquello que duele y comenzar a darle un sentido singular a ese sufrimiento.

Nicolas Wright

Angustia. Miedo. Terror

A veces sentimos miedo y sabemos exactamente a qué le tememos. Otras, en cambio, aparece una sensación difícil de explicar: el cuerpo se acelera, la mente no descansa y algo parece estar mal, aunque no podamos ponerlo en palabras. A eso solemos llamarlo angustia.

El miedo tiene un objeto concreto. La angustia, en cambio, muchas veces aparece sin una causa clara. Y el terror surge cuando una situación nos desborda de manera repentina, sin sentirnos preparados para afrontarla.

La angustia no es simplemente «algo mental». También se siente en el cuerpo: dificultad para respirar, opresión en el pecho, insomnio, pensamientos repetitivos o una sensación constante de alerta.

Muchas veces, aquello que hoy angustia no tiene relación solo con lo presente. Pérdidas, experiencias dolorosas, vínculos inseguros o situaciones que no pudieron elaborarse pueden dejar marcas que reaparecen frente a nuevas situaciones de estrés o incertidumbre.

Cuando el malestar empieza a afectar el descanso, los vínculos, el trabajo o la vida cotidiana, pedir ayuda puede ser importante. La psicoterapia ofrece un espacio para comprender qué hay detrás de esa angustia y encontrar maneras más saludables de atravesarla, en lugar de quedar atrapado en el miedo o el aislamiento.